Caperucita era una buena muchacha, aunque su madre estaba muy mortificada porque la adolescente, a pesar de haber estudiado en un colegio de monjas, resultó de izquierdas. Y cómo no, si ser roja era su característica más conocida y de lo que más orgullosa se sentía.
Esa mañana la madre le pidió que llevara la cesta de comida a la abuela. Caperucita accedió a regañadientes porque, por un lado, le parecía la vieja una hipocondríaca insoportable, y por otro, si tan preocupada estaba su madre por qué no le llevaba ella la maldita cesta.
Tal vez fue por esa molestia o porque es bien conocida la tendencia de los liberales de izquierda de tomar por el camino del pecado, que Caperucita hizo caso omiso de la recomendación de su madre de ir por el sendero más largo pero alejado del bosque, porque allí se ocultaba el lobo, o en otras palabras, el mismísimo diablo encarnado (que coincidencialmente era, por diablo, igualmente rojo).
El corazón se le salía por la boca desde que entró en la espesura. Y es que hacía ya tiempo que Caperucita estaba en edad de merecer y la represión familiar le había impedido mitigar el potente verano. De modo que secretamente esperaba que el lobo saliera de donde fuera que se estuvie ra ocultando el muy imbécil, seguramente planificando alguna emboscada o cualquier otra zoquetada de guerrillero trasnochado, y de una vez la librara del desasosiego que le causaba su virginidad. Pero el lobo no acudió, suponía ella que se mantenía acechando sin decidirse a dar el primer paso. Por qué tendré tan mala suerte con los tipos, se decía, Siempre me topo con los mismos bolsas, y continuaba batiendo la faldita provocadora con su tralalá, a ver si el muy animal se olvidaba de la tontería con el Ché y echaba pa’lante.
Dio varias vueltas por el bosque fingiendo estar perdida para darle tiempo pero ya entrada la tarde retomó el camino hacia la casa de la abuela. Allí se lo encontró, a un ladito del sendero, poniendo una bomba para volar el puente, y ya no pudo contenerse. Mira, lobito, deja la mariquera y sígueme para decirte cómo atentar contra la derecha reaccionaria, que llevan ustedes toda la vida en esa paja y no han conseguido más que hacer reír a la historia. Y lo condu jo hasta la ventana de la cabaña primorosa y hedionda a vieja. Señaló en dirección a la anciana. Ahí la tienes, le dijo, Jártatela y contribuye de una vez por todas con la humanidad. Y así fue que el lobo engulló a la abuela. Luego lo conminó a que se pusiera su ropa. Con el pobre totalmente travestido, Caperucita inició el jueguito erótico que acabaría con su virtud. Le nombró cada una de sus partes y le preguntó por qué las tenía tan grandes, a lo que él debía responder que eran para verla, olerla, comerla mejor, y paremos de contar. Así fue como Caperucita perdió la virginidad y se obsesionó con el pobre lobo y su generosa anatomía.
Como a la madre le importaba muy poco la abuela nadie se percató de su ausencia y Caperucita aprovechó para llevarle día tras día la cesta de comida a la difunta y tener sexo salvaje sobre su cama. Con esto consiguió alejar al animal de sus convicciones ideológicas inútiles y entablar con él una relación.
Y hubieran podido permanecer allí, viviendo como marido y mujer, de no haber sido porque una de las compañeras de guerrilla del lobo los denunció. Las autoridades entraron y los sorprendieron en pleno acto. Los detuvieron, pero como no encontraron a la abuela ni evidencia de un crimen tuvieron que fabricarlo.
Caperucita logró salir de prisión gracias a un contacto de su madre. Con el tiempo la gente comprendió que le habían lavado el cerebro. El lobo continuó preso pues se supo de sus vínculos con la guerrilla colombiana y porque además en aquel municipio la zoofilia se penalizaba con cárcel. Cuando por fin salió, varios años más tarde, buscó a su amada. La encontró dando clases de Moral y Cívica en el colegio de monjas en el que se había graduado. La acechó, pero no se atrevió a acercarse. Él estaba bastante cansado y ya no comulgaba con sus antiguas ideas, ella, por su parte, se veía muy triste y ya no llevaba la caperuza roja que en otros tiempos la había hecho tan irresistible.